Descender de la camioneta blanca, marca GMC Terrain, con vidrios polarizados, y sacar una charola policiaca de color dorado con la leyenda Coordinación General de la Policía del Estado de Chiapas, permitió a Mario «N» y Luis «N» intimidar a comerciantes, noctámbulos en malos pasos e ilegales centroamericanos para sacarles dinero fácilmente a través de la extorsión.
Mario, de 39 años, era el «comandante», y Luis «N», de 27 de edad, se hacía pasar por su subalterno. Los dos tenían bien preparados sus papeles y diálogos.
Para impresionar más a sus víctimas, los supuestos oficiales llevan como atuendo camisas tipo Hawainas, cadenas de oro y anillos.
Pero si la figura bien cuidada no infundía respeto, el «comandante» y su «suboficial» lo conseguían a través de amenazas directas; sabían que la mayor debilidad de la gente buena es la familia, y lucraban con eso.
RECHAZAN AGENTES SOBORNO DE 42 MIL
Lo que les había permitido salirse con la suya —una charola brillante y el camionetón impecable‑ fue lo que los hundió la tarde del jueves 5 de noviembre.
Acababan de cobrar una extorsión y traían el fajo de billetes, varios montones de 500, 200, 100 y hasta de 20 pesos. La suma total alcanzaba los 40 mil 433 pesos.
El supuesto comandante conducía la unidad por el barrio llamado Niño de Atocha, pero como iban contando los billetes, lo hacía de forma zigzagueante.
Esto habría pasado desapercibido sino fuera porque adelante, en el cruce de la 9a. Poniente y la 10a. Norte, se encontraba una patrulla de la Policía Especializada.
Al ver desde lejos a la camioneta haciendo zigzag, los oficiales se prepararon para detenerla.
Mario vio que les marcaban el alto y señaló a su acompañante con el mentón hacia donde estaban los oficiales esperándolos.
«Tranquilo, pareja», dijo confiado y se tocó la bolsa de la camisa, donde llevaba la charola dorada. No era la primera vez que la usaban, como ya ha quedado dicho anteriormente, pues les había servido para librar los retenes y escapar de las multas y averiguaciones.
«Buenas tardes, oficial —sonrió Mario al agente, y sin que se lo preguntaran, se identificó mostrando la charola—. Soy director de la policía auxiliar del estado, y mi acompañante es mi escolta de seguridad.
Uno de los agentes fue a verificar en la computadora de la unidad el nombre del supuesto servidor público. No esperaba que no aparecieran. Volvió a teclear el nombre de Mario «N» y su supuesto escolta, Luis «N», de nueva cuenta la base de datos de la central no arrojó ninguna confirmación.
Al volver con los conductores, el policía explicó a su compañero que se había quedado custodiando a los detenidos que no había ningún agente con esos nombres.
Al verse descubiertos, Mario de inmediato sacó la maleta donde habían metido el dinero que acababan de contar, abrió el cierre y trató de convencer a los verdaderos agentes.
«¿Quieren ganarse cuarenta y dos mil pesos? Ustedes no han visto nada, tomen el dinero y déjenos ir», dijo.
Pero los agentes no aceptaron el soborno. Mario y Luis se resistían a ser arrestados. Pero nada pudieron hacer con la llegada de refuerzos policiacos, que al final los presentaron con el Ministerio Público bajo los delitos de usurpación de funciones, cohecho y resistencia de particulares.
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